Los Reyes Magos Cuento para Niños

Los Reyes Magos


Pancho Aquino de Cuentos para Niños de 8 a 108

No olvidaré jamás aquella mañana del seis de enero; hacía pocos días

había cumplido mis primeros sesenta y un años. Durante la noche anterior

un sueño extraño llenó mi corazón de dudas. Por eso me levanté muy

temprano, no podía seguir durmiendo, algunas lágrimas mostraban mi

tristeza.

Me senté en el borde de la cama y seguí llorando, mientras recordaba al

duende que en mis sueños me había dicho algo que yo no podía creer… por

eso mi llanto y mi tristeza esa mañana del seis de enero.

Con su chillona voz de duende había dicho: “Me extraña que a tu edad no

lo sepas: los Reyes Magos no existen, son los adultos, generalmente los

padres, los que compran los regalos”.

Siguió hablando, sin importarle mi dolor y aunque ya no quería

escucharlo y hacía lo posible para alejarme de él, su voz aguda y su

risita burlona resonaban en mis oídos, hasta que al fin pude despertar.

Inicié las tareas del día sintiéndome muy mal, sin deseos de hacer nada.

Para distraerme un poco y aliviar mi pena salí a caminar y me encontré

con muchos chicos jugando en las calles y comentando entre ellos los

regalos recibidos, que por cierto eran muy hermosos.

;Claro!, pensé.,los padres de estos niños tienen el dinero suficiente

para comprárselos.

Seguí andando, sin rumbo fijo, y así pasé por un barrio más pobre, por

el hospital, por la iglesia y por último llegué a un barrio de

emergencia y vi que todos los niños tenían algún juguete entre sus

manos.

Los sentimientos eran similares en todas partes. Padres e hijos del

barrio rico, la iglesia o el hospital llevaban en sus rostros la misma

expresión de felicidad, sin relación con el valor material de los

regalos, se reflejaban en sus miradas la emoción, la alegría, la

sorpresa, el amor, todo el amor.

Fue entonces que mis labios volvieron a sonreír.

Esperé la noche para hablar con el duende de mis sueños y cuando él

llegó le conté lo que había visto.

Me escuchó con mucha atención y sonriente e inquieto como siempre, me

dijo:

“Mientras haya gente buena, corazones abiertos, personas que amen a los

niños, a las que nos les importe el color de la piel o la posición

social, los Reyes Magos seguirán llegando, ellos jamás dejarán de

venir”.

Su risita sonora se fue apagando, mientras se elevaba hacia el cielo.

Yo me quedé mirando cómo se perdía en la noche y entonces me pareció ver

entre las estrellas las siluetas de los tres Reyes, montados en sus

camellos. que se alejaban con las bolsas repletas de cartas ilusionadas.

Acaricié mi barba, como lo hago siempre que estoy feliz… una de aquellas

cartas era mía.

Cuentos

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