Para los niños resulta una aventura meditar caminando, es una experiencia completamente gratificante. La naturaleza pareciera que se confabula con ellos en este proceso mágico de tomar conciencie de si mismos en contacto con la naturaleza.
Voces gentiles, angélicas, purísimas y dichosas que suspiran ante el amor de Dios que como serena alborada nos trae la confianza para la soledad, el abandono, el desamor y la indiferencia.
Que el amor sea la religión que alojen
En el alma, en el cuerpo y en la mente
Con una sana disciplina con que antojen
A la buena voluntad que es consistente
¿Sabes? A mí me encantan los niños no solo por haberlo sido, ni tampoco por haber tenido el honor de ser madre sino que en cada niño veo la inocencia, la espontaneidad, la autenticidad, la creatividad, los potenciales por desarrollar, un universo en cada uno